Por: Giu Gutiérrez
Desde que cerré mi maleta en Costa Rica supe que ese no era un viaje cualquiera. No estaba empacando solo ropa, estaba empacando seis años de mi vida. Seis años desde que Dynamite llegó a mi universo y me abrió la puerta a un idioma nuevo, una cultura distinta y un hogar que jamás imaginé encontrar al otro lado del mundo.
El 6 de mayo llegué a la Ciudad de México y, esa misma tarde, tuve la fortuna de ver a BTS aparecer unos instantes en un balcón del Palacio Nacional. Fue el primer regalo de un viaje que apenas comenzaba.
Al día siguiente llegó el soundcheck. Estaba tan cerca que podía ver sus rostros sin maquillaje, sus sonrisas relajadas y la tranquilidad con la que caminaban por el escenario. Dejaron de ser las personas que había visto durante años a través de una pantalla para convertirse en siete seres humanos reales.
Cuando las luces se apagaron y comenzó Hooligan, el Estadio GNP explotó. Siempre pensé que lloraría al verlos por primera vez, pero no fue así. Sentí una certeza absoluta: todo lo que había vivido me había llevado hasta ese instante, era el primer segundo del resto de mi vida. Escuchar a ARMY México cantar con tanta fuerza y encontrarme rodeada de personas de toda Latinoamérica me hizo sentir en casa. Por unas horas dejamos de ser costarricenses, mexicanas, colombianas o chilenas: éramos simplemente ARMY, cumpliendo el mismo sueño.
Cada canción despertaba una emoción distinta. La fuerza de Run BTS, la delicadeza de Like Animals, el inmenso mar amarillo de Normal y el estadio entero coreando Arirang durante Body to Body me hicieron comprender que un concierto de BTS no solo se escucha: se vive. Ver a miles de hispanohablantes cantar en coreano y descubrir la emoción en los rostros de mis siete me confirmó que el amor entre BTS y ARMY siempre había sido recíproco.
Durante IDOL comenzó a caer una lluvia interminable de papelitos de colores. Recuerdo haber levantado la mirada al cielo, abrir los brazos y simplemente permitirme ser. Nunca me había sentido tan libre. Si alguien me preguntara cómo se ve la felicidad, describiría exactamente esa imagen.
Cuando llegó Into the Sun finalmente lloré, no porque el concierto terminara, sino porque entendí el significado de su letra. La frase “You call, I run” dejó de ser solo una canción: era exactamente lo que yo había hecho al recorrer miles de kilómetros para encontrarlos. Mientras ellos sonreían al ver los corazones que decían “I’ll follow you”, sentí que el amor era tan grande que ya no cabía dentro de mí. No eran lágrimas de tristeza, sino de gratitud, porque hay sentimientos que las palabras nunca alcanzan a explicar, lo único que pueden hacer… es derramarse.
Créditos:
Fotografías por Giulliana Gutiérrez.
La Revista de Taehyung no posee ninguna de las fotos/videos compartidos en nuestro blog. No se pretende infringir los derechos de autor.
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