Por: Maki Lacamoire
El 9 de octubre, Corea del Sur celebra el Día del Hangul (한글날), una fecha que recuerda la historia de su alfabeto y su importancia para la identidad nacional. En 2026, la conmemoración adquiere un significado especial: se cumplen 580 años de la promulgación del Hunminjeongeum (훈민정음), en 1446, y cien años de la primera celebración moderna del Día del Hangul, iniciada en 1926, durante la ocupación colonial japonesa. Sin embargo, este año la fecha coincide con otro acontecimiento cultural: el estreno en Netflix de Doctora X: Mafia in White, una producción surcoreana basada en una franquicia televisiva japonesa. Dos acontecimientos distintos que invitan a reflexionar sobre cómo una sociedad puede reivindicar su historia mientras participa activamente de los intercambios culturales internacionales.
El hangul no es únicamente un sistema de escritura. Su historia está ligada a la democratización del conocimiento, a la resistencia frente a las jerarquías sociales y a la preservación de la identidad coreana durante el dominio colonial japonés (1910-1945). En ese contexto, defender la lengua significaba proteger una parte fundamental de la memoria colectiva. Por eso, el 9 de octubre no celebra únicamente una creación del siglo XV: también recuerda el esfuerzo de generaciones que contribuyeron a conservarla. La escritura que alguna vez fue menospreciada por las élites se convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de la soberanía cultural de Corea del Sur.
Casi seis siglos después de la creación del hangul, Netflix lanza Doctora X: Mafia in White (Doctor X: Mafia in White), protagonizada por Kim Ji-won (김지원). La serie adapta la franquicia japonesa Doctor-X: Cirujana Michiko Daimon (ドクターX〜外科医・大門未知子〜), protagonizada originalmente por Ryoko Yonekura (米倉涼子) y estrenada en 2012. En la versión surcoreana, la historia se desarrolla en un hospital atravesado por la corrupción, las jerarquías y las disputas de poder. La producción constituye un ejemplo concreto de cómo una narrativa puede cruzar fronteras, transformarse y encontrar nuevas audiencias sin perder por completo la huella de su origen.
La coincidencia de fechas resulta sugerente: mientras Corea del Sur conmemora una escritura asociada a su resistencia histórica, una de sus industrias culturales adapta una historia originaria de Japón. No hay motivos para asumir que ambas fechas fueron coordinadas deliberadamente, pero su simultaneidad permite observar una característica de las relaciones culturales contemporáneas: la memoria histórica y el intercambio comercial pueden coexistir, incluso cuando las relaciones políticas entre dos países siguen atravesadas por controversias.
La circulación de manga, anime, dramas y otros productos culturales entre Japón y Corea del Sur precede al actual auge internacional de la Hallyu (한류). Aunque las relaciones entre ambas sociedades estuvieron condicionadas durante décadas por restricciones culturales y por las consecuencias de la colonización, sus industrias creativas desarrollaron múltiples formas de influencia y adaptación. Las producciones surcoreanas no se limitan a reproducir modelos extranjeros: los reinterpretan según sus propios contextos sociales, estéticos y comerciales. En ese proceso, una historia japonesa puede adquirir una nueva identidad audiovisual sin que desaparezca su procedencia.
Esta dinámica también permite comprender los alcances y los límites de la diplomacia cultural. La circulación de productos audiovisuales puede despertar curiosidad, ampliar el conocimiento de otras sociedades y generar espacios de encuentro. Sin embargo, compartir contenidos no equivale necesariamente a reconciliar memorias. Las controversias sobre el trabajo forzado durante la ocupación japonesa y las denominadas mujeres de consuelo continúan formando parte de una relación bilateral compleja. Una adaptación televisiva no resuelve esas disputas, del mismo modo que una conmemoración nacional no impide que las industrias culturales establezcan vínculos con el país vecino.
El hangul representa, en este sentido, otra dimensión de la proyección internacional surcoreana. Lo que nació como una herramienta para facilitar el acceso a la escritura se ha convertido también en una puerta de entrada a la cultura del país. El K-pop, las series y las plataformas digitales han impulsado a personas de distintas partes del mundo a aprender coreano y acercarse a su historia. La identidad nacional y la circulación global no son necesariamente opuestas: una cultura puede reivindicar su singularidad y, al mismo tiempo, dialogar con otras, incorporar influencias y reinterpretar relatos que atraviesan sus fronteras.
El 9 de octubre de 2026 reúne, así, dos expresiones diferentes de la cultura contemporánea: un alfabeto que sobrevivió a la marginación y la dominación colonial, y una historia japonesa que adquiere una nueva versión en Corea del Sur. Mientras el hangul vuelve a ocupar el centro de la celebración nacional, Doctora X inicia su recorrido internacional. La coincidencia no borra las diferencias históricas entre ambos países, pero permite formular una pregunta relevante: ¿cómo construir intercambios culturales sin olvidar las memorias que todavía los separan? Quizá allí resida la verdadera paradoja: las culturas pueden encontrar caminos para acercarse mucho antes de que sus sociedades hayan resuelto por completo las heridas de su pasado.
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